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El espíritu de Potsdam y sus consecuencias para Alemania

El sonoro nombre de Potsdam, algo más que un bonito lugar lleno de jardines y palacios en las afueras de Berlín, evoca demasiadas cosas en la Historia de Alemania, comenzando por el famoso Edicto que promulgó el Gran Elector de la Marca de Brandenburgo en el año 1685. El Edicto de Potsdam entroncaba con el espíritu de la Reforma concediendo derecho de asentamiento a un gran número de hugonotes franceses que, por motivos religiosos, eran perseguidos en su país, pero el Edicto era también la culminación de un proceso que había ido trayendo hasta estas tierras septentrionales a suizos, holandeses y judíos vieneses. Un crisol de razas y de culturas que daría su fruto muy especialmente en Berlín, y que contribuyó no poco al desarrollo industrial de la ciudad.

Continuador del espíritu de tolerancia engendrado en Potsdam fue el rey prusiano Federico II, apodado el Grande por haber conquistado la católica Silesia en la Guerra de los Siete Años. A pesar del militarismo inherente a todo lo prusiano, el largo reinado absolutista de Federico II se desenvolvió en un clima de tolerancia y respeto que tuvo quizás su explicación en la dureza del régimen paterno o en las ideas ilustradas provenientes de la vecina Francia, incluyendo la masonería. Habría que recordar aquí el episodio de un general del ejército prusiano que se negó a obedecer la orden de saqueo de una fortaleza alegando que esa acción era deshonrosa, lo que fuera aceptado por el rey. En la tumba del Mariscal von der Marwitz aún puede leerse: “La obediencia sin honor es desgracia escogida”.

Ese mismo argumento era el esgrimido por los oficiales y mandos de las fuerzas armadas alemanas (Wehrmacht) para romper su juramento de fidelidad al Führer, incluyendo al Coronel von Stauffenberg, que fue el autor del fallido atentado contra Adolf Hitler el 20 de julio de 1944. Henning von Tresckow lo formularía así en 1943: “El concepto de libertad es inherente a todo lo verdaderamente prusiano, porque ser prusiano significa una síntesis entre lealtad y libertad, entre orgullo por lo propio y comprensión de lo ajeno”.

Prusia ya no existe, precisamente porque la Conferencia de Potsdam de 1945 disolvió para siempre el estado prusiano y el Reich que habían nacido bajo su liderazgo. Una conferencia en la que las tres potencias aliadas decidieron la suerte de la derrotada Alemania y sentaron las bases para su democratización, aunque la Guerra Fría dejara a Potsdam largos años detrás del Telón de Acero. La sede de tan importante acontecimiento fue Cecilienhof, una mansión de estilo campestre inglés que fuera construida para el Príncipe Heredero del Reich y para su numerosa familia. Desde entonces el Espíritu de Potsdam busca un equilibrio no exento de contradicciones que oscila entre culpa y expiación, guerra y paz, militarismo y reconciliación, intransigencia y tolerancia, obediencia ciega y libertad de criterio. Nada más actual en nuestro días, sobre todo para sentar sólidamente las bases ideológicas de la nueva nación alemana, recientemente unificada.

Pedro Benengeli



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