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Impresiones

Mi Berlín loco

(1 de mayo de 2013)

Falta algo, siempre falta algo, me decía mientras miraba las tranquilas aguas del Spree frente al puente Oberbaum [Oberbaumbrcke]. La mañana estallaba resplandeciente y un tímido sol primaveral comenzaba a acariciar los muelles, las fachadas con grafiti de Kreuzberg, los pocos barcos acostados en la orilla contraria y el largo tramo de la Galería del Lado Este [East Side Gallery]. Nos acariciaba también a nosotros, que contemplábamos el amanecer somnolientos y felices después de haber pasado la noche en vela. Se llama Tanz in den Mai, me dijo Julian, y consiste en pasar toda la noche bailando para festejar el paso del mes de abril al mes de mayo. Para celebrar simbólicamente la tan deseada primavera en estas oscuras latitudes del Septentrión, para liberarse de fantasmas, para ahuyentar tinieblas. Qué mayores tinieblas, pensé yo, que el final del Tercer Reich que tuvo su colofón con el suicidio del Fhrer el 30 de abril de 1945 aquí en Berlín, en su búnker de la Nueva Cancillería del Reich [Neue Reichskanzelei]

Por las calles de Kreuzberg, llenas de noctámbulos y de sol, cruzaban veloces las viejas camionetas de la policía repletas de antidisturbios (son más resistentes a las agresiones que las nuevas, me dijo Julian). Iban a tomar posiciones en las calles más emblemáticas, a cerrar la Oranienstrae, a bloquear la Mariannenplatz y sus bocacalles, a apostar vigías y dispositivos en los principales puntos de acceso al barrio ms conflictivo de Berlín. Bienvenido sea el 1 de mayo, Día del Trabajo!

Todos los que trabajamos más o menos, o luchamos por trabajar, saludamos este día con una sonrisa sarcástica y una mirada nostlgica hacia el pasado: Kreuzberg no es ni la sombra de lo que fue en los años 70 y 80 del siglo pasado, del milenio pasado! Pero quedan los rescoldos... y falta algo, qué será? Siempre falta algo en Berlín, a pesar de todos sus encantos y su fascinante Historia. Tal vez sea la ausencia de romanticismo, de melancolía, de ensoñación descuidada y fugaz, y eso a pesar de todos los esfuerzos de la municipalidad berlinesa por embellecer las calles, por crear ambientes relajados y evocadores. Se diría que esta ciudad, al contrario que París o Roma, e incluso Londres, ha extirpado todo romanticismo, ha destruido toda esperanza, ha rechazado cualquier tipo de debilidad, ha reducido a un montón de ruinas, no sólo el paisaje urbano, sino también las almas de sus ciudadanos. Para volver a renacer de sus cenizas, pero no igual que antes de la guerra, porque, en efecto, falta algo indefinible.

Mis dos amigos y yo habíamos pasado la noche bailando frenéticamente en cinco clubs diferentes por el precio de uno, te ponen un brazalete y puedes entrar libremente en todos ellos. En el último -que no voy a mencionar por supuesto- es donde mejor lo pasamos por la buena música (bailable) que puso un viejo disc-jockey de pelo amarillo a lo afro y lentes de cristal grueso. Bailando los clásicos actuales y el rock and roll de los 70 llegamos al pop alemn de los primeros 80, y cuando creí escuchar a Pink Floyd en su famosa canción en contra de la educación británica (Another Brick in the Wall) me di cuenta de que la letra era de Slime, en alemán, y que el estribillo repetía: Wir wollen keine Bullenschweine (no queremos a los cerdos maderos)... El espíritu de Kreuzberg, donde nació el movimiento verde, los okupas, la rebeldía y el contestatario alemán. Antes no existía, quizás ahogado por el erial que dejaron los años de nacismo y por la acomodaticia sociedad que surgió en la posguerra, a raíz del Plan Marshall. Los estudiantes pondrían la primer piedra en a finales de los años sesenta. Volaron entonces muchas, no menos que en París o en Praga.

Karina mencionaba una ciudad sin límite, un monstruo que engulle y no deja escapar, a la manera del Ángel Exterminador de Buñuel. El tiempo transcurre aquí sin tiempo, y uno levanta la cabeza un día y aún vive encerrado por un Muro? invisible. El que transcurría delante de mí, al otro lado del río, era la infranqueable barrera entre el distrito de Friedrichshain (Berlín-Este) y el distrito de Kreuzberg (Berlín-Oeste). Santiago Calatrava tendió el tramo de acero que une el puente historicista por arriba, para que pueda pasar este curioso Metro de superficie. Aquellos que se atrevieron a franquear ilegalmente la "franja de la muerte" [Todesstreifen] -siempre comunistas que querían pasar al "paraíso" capitalista- lo pagaron en su mayoría con la muerte, como indica un discreto panel junto al malecón. Entre ellos un par de niños que cayeron al río desde el oeste y a los que nadie se atrevió a auxiliar porque las aguas estaban vigiladas y pertenecían oficialmente a la RDA. Faltaban los necesarios permisos. Una historia muy parecida a la del albañil Peter Fechter, que con sus 18 años a cuestas trató de saltar el muro el 17 de agosto de 1962. Recibió algunos disparos que le dejaron malherido, pero nadie acudió en su ayuda durante cerca de 50 minutos, a pesar de sus gritos de auxilio, y murió desangrado cuando finalmente lo llevaron al hospital. Tristes historias del pasado, tan tristes como para convertir a Berlín en algo diferente, actual, palpitante, como esa vida que se escapaba a borbotones y que nadie supo retener. Ahora es demasiado tarde y por eso falta algo, siempre falta algo.

Amanecía lenta y perezosamente y los muchachos y muchachas berlineses aún bailaban en algunos clubs, tratando de exprimir el ambiente festivo hasta la última gota, pero la mayoría se habían acercado a los pontones y embarcaderos para fumar entre risas y conversaciones ligeras. Todavía resonaba la música en los oídos, se agradecía el croissant y el café comprado en la cercana cafetería turca, y los ojos resplandecían iluminados por una nueva esperanza, cuál será? Berlín se desperezaba, y tras despedirme de mis amigos tomé la línea uno del U-Bahn, que corre subido en un viaducto, para bajarme en la estación de Grlitz [Grlitzer Bahnhof]. Muy cerca se encuentra la zona verde más alternativa de Kreuzberg, poco a poco llenándose de parejas heterosexuales y homosexuales en busca de un rincón iluminado por el sol. Allí tendí yo también mis huesos, sobre la verde hierba que cubre esa vieja estación de trenes convertida en parque, y casi me quedo dormido entre tanta gente relajada y feliz. Falta algo? Puede.




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